Y me enamoré. Así sin más. Yo iba tranquilamente sentada en el bus, cuando a la altura de la calle 22 con kra 5ta el bus es parado por dos hombres. Al principio, por la experiencia, pensé que eran gay. Típico de extranjeros que viajan con su pareja. Pero al pasar de los minutos, su comportamiento y lenguaje no verbal me demostró lo contrario. Supuse entonces que aquel otro hombre, un poco mayor, que le acompañaba era su padre. Suponiendo esto, me empezó a llamar la atención lo curioso que era. Miraba a cada minuto por la ventana, prestándole suma atención a cada detalle de la sociedad samaria. Él era alto, 1.75-80 quizá. No delgado, ni ejercitado, estaba en un perfecto punto medio entre ambos. Era blanco, con orejas y mejillas enrojecidas por el picante calor de la Ciudad. Su cabello era castaño medio, con visos color miel. Con unos 5 cm de largo, liso y ondulado su cabello se veía esplendido.
Sus
ojos eran el café más hermoso jamás visto, mezclado armónicamente con un tono
miel. Su nariz era fina. No muy grande, ni chata. Era del tamaño ideal. Su
boca, rosada y llamativa, era mediana. Sus labios eran una mezcla entre medianos
y delgados que simplemente me cautivó. Aunque nada fue más cautivante que
admirar su cuello de camino a casa. Tras el último rulo de su cabello, que
acababa perfectamente con una curva hacia arriba, venían dos o quizá tres
lunares de tono tenue. Entre beige y marrones, mezclados caprichosamente en esa
piel blancuzca. ¿Su espalda? El paraíso. La curva de sus hombros era atractiva.
Era un hombre raro, pero gratamente interesante. Atento además, ayudó con unas
bolsas a una señora en apuros. Un caballero.
Vestía
un pantalón deportivo color gris con una delgada raya roja al costado. También
gris, pero un poco más claro, era su camiseta. Una camiseta normal, sin
publicidad, simple, pero que en él se veía extrañamente llamativa. Ya al
finalizar mi recorrido en el bus, a la altura de la calle 6 con kra 11, pido mi
bajada tal y como lo hago siempre -señor, me deja en la esquina, por favor. Con una voz suave y delicada, que cautivó la atención de él. Del sr.
Cautivador. Me levanté de mi asiento mientras el bus lentamente se detenía y el
susodicho me miró. Me quedó mirando hasta que me bajé y sonreí todo el tiempo;
me despedí de todos, y especialmente de él, con un amable "gracias".
=0D=0ANo me preocupo por si le gusté. No me preocupo por saber su nombre ni su
edad. No me preocupo por su nacionalidad o por si tiene novia. ¿Saben por qué?
Porque estoy segura que no lo volveré a ver. Luisa Larios
